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Acabo de terminar un libro fascinante sobre los argumentos universales del cine que invitan a reflexión. Cuántas veces hemos oído o nosotros mismos hemos opinado sobre el tema de una película que ya nos sonaba de otra o que parecía una copia. Muchas veces somos demasiado duros con ello porque leyendo este libro te das cuenta de que no sólo pasa en el cine sino en la literatura, la ópera o incluso el resto de artes que quieren contar una historia. Al final todo se repite y sólo cambia el enfoque, el toque personal del autor, las variaciones basadas en la época o las modas, las aportaciones puntuales esas sí que originales... 

El libro se llama 'La semilla inmortal', de Jordi Balló y Xavier Pérez y repasa todos los argumentos e historias raíz universalmente reconocidas que son los pilares de todo relato cinematográfico. Una obra imprescindible para comprender de qué fuentes beben las grandes obras maestras y las que no lo son y cómo al final te das cuenta que todo es una revisión continua de los relatos universales:

- La búsqueda de un tesoro ('Jasón y los argonautas')
- El retorno al hogar ('La Odisea')
- La nueva patria ('La Eneida')
- El amor prohibido ('Romeo y Julieta')
- El ansia de poder ('Macbeth')
- La creación de vida artificial (Prometeo)
...
Y  así hasta 21 temas que son la base absoluta para cualquier emulación o variación en este caso en el mundo del cine. Esta guía-ensayo al final no sólo tiene un gran valor de conocimiento analítico de las grandes obras del cine y de dónde sacaron los grandes directores y guionistas su inspiración, sino que también posee un valor notable de reflexión: pensamos que, no ya los grandes directores actuales o clásicos, sino los primeros maestros como Griffith o Murnau habían inventado la pólvora, y no. Obviamente las adaptaciones pero también las historias originales parte siempre de los mismos relatos desde donde se ha construido no sólo un imaginario colectivo sino también las religiones (relatos mitológicos, ancestrales o paganos se vuelven a repetir con otra simbología o sentido en la Biblia, por ejemplo). 

'La semilla inmortal' te abre los ojos tanto positiva como negativamente, puesto que te enriquece enormemente desde el punto de vista analítico para reconocer y relacionar temas universales y cómo se aplican directa o indirectamente en las películas, pero también te deja un poso de decepción a pesar de esa riqueza al comprobar que todo es un círculo y una revisión continua de los mismos temas sin darnos apenas cuenta. 

De todas formas, es la excusa perfecta para releer o leer si no se había hecho (que temo somos mayoría) los grandes clásicos de la mitología, del teatro clásico, de la literatura universal y de la tradición oral: 'La Odisea' de Homero, 'Antígona' de Sófocles, 'Don Juan' de Tirso, 'Fausto' de Marlowe (sí, el original no es de Goethe), 'El Castillo' de Kafka... La mayoría de los relatos-base provienen de la antigüedad o bien de los siglos XVI y XVII. 

Leed el libro y desde entonces, cada vez que veáis por primera vez o reviséis un clásico del cine o una película de este año, igual da, habréis adquirido otra visión y perspectiva para saber qué quiere expresar el autor, de qué fuentes bebe y con qué se relaciona. Te darás cuenta que al final todo está ya inventado pero que la riqueza de variaciones, como ocurre en la música, hacen determinadas obras únicas. 
Una lágrima resbaló por su mejilla. No miró atrás. El fardo le pesaba como mil elefantes, esos que habían sido compañeros de sabana, esos que le habían contemplado, confiados y majestuosos, en sus juegos entre polvo y ramaje, entre tierra yerma y sol cegador. En el horizonte un camino conocido, familiar pero ya hostil, antesala de un destino incierto pero necesario. El mar le esperaba, la última frontera a un atisbo de vida, a un proyecto de dignidad.

Sus pasos eran firmes, disimulando su miedo, su tristeza, la rabia del que nada tiene y el arrojo del que nada tiene que perder. Su madre jamás le había visto llorar y hoy menos aún. Él jamás había visto llorar a su madre y sin embargo sabía que lo hacía por dentro, cuando su mirada se clavaba en el infinito, masticando frustración y nula esperanza. Ahora no la vería más así pero estaba dispuesto a que ese infinito desapareciera, a darle una certidumbre, aunque no pudiera compartirlo con ella ni con sus hermanos.

Sus gastadas sandalias, como su cabeza, no miraban atrás. Su corazón sí. Los secos árboles apenas daban sombra ni amparo en su camino, adelanto de lo que tendría que probablemente vivir en los próximos meses o años. Nada peor de lo que tenía, nada peor de lo que su familia tenía, que era nada.

Su poblado era ya un punto difuso en la calima africana, un pasado inmediato pero ya lejano, porque quizá nunca volvería. Estaba naciendo de nuevo. Estaba muriendo por primera vez. Lo que era y lo que sería se unía para darle fuerzas y coraje en la encrucijada, en el salto mortal sin red de su anhelo. Sus momentos de felicidad, de niñez despreocupada se esfumaban en lo polvoriento de sus pasos.

El sol se iba alzando, avisando en su ardor progresivo. La sabana no traicionaba nunca, te enseñaba las cartas, pero no te daba segundas oportunidades. Era hostil pero era su hogar. Lo verdaderamente hostil empezaba ahora. Un mundo contrapuesto, con paraísos prometidos, insinuados o mostrados pero llenos de trampas, con cartas marcadas aunque muchas vidas por jugar. Eso es lo que le empujaba. Daría esas vidas por al menos intentar jugar, intentar ganar y dar a su familia esa victoria en forma de dignidad, de futuro.

Pero antes se jugaba la gran partida, la prueba de fuego sin fases previas, la ruleta rusa del mar. Antes de cristalizar el oasis debía cruzar el desierto de agua y sal tan desconocido para él. Al otro lado, la tan familiar arena que sólo será la delgada franja antesala del duro, frío pero esperanzador asfalto, antesala del posible incierto, de la cierta posibilidad de algo.

Una gota de sudor resbaló por su frente y bajó por la mejilla. No encontró lágrima alguna. Se había secado a un sol que sacaba a relucir su miedo, a un sol que iluminaba su esperanza. Siguió su camino, como él, sin saber, como él, dónde acabaría. 
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