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Sí, llamadme bicho raro, pero las cosas no las veo como las ve la mayoría, de uno u otro lado. Quizá sea demasiado pedir, pero deberíamos analizar las cosas, intentarlo al menos desde la atalaya más alejada posible. Sin embargo los estímulos son muchos y poderosos. Estamos hablando de siglos de poder, en sus múltiples formas. Se superaron guerras, conflictos; se conquistaron derechos, libertades, sí, pero siempre desde ese control, desde esa manipulación y distorsión de la realidad de la que siempre somos cómplices. Parecía que nuestra nueva condición iba a demostrarse como más mérito nuestro que dádivas del sistema, pero la realidad cotidiana contradice esa suposición. Nosotros nunca tenemos la culpa. ¿Es así realmente?
Siglos de poder y décadas de la era de la información, de los mass media, de la propaganda masiva, de la publicidad y sobre todo de la televisión y de Internet. Es indudable la decadencia, la corrupción, el latrocinio; es comprensible la indignación, la protesta, el deseo de cambio. ¿Pero realmente nuestro comportamiento está acorde con nuestras quejas? ¿No nos falta algo de autocrítica?
Vivimos en una sociedad dominada por la prisa, la falta de análisis, la saturación de información y el poco sentido crítico profundo. Es difícil ver a un político reconocer errores, cambiar de opinión o reconocer méritos ajenos, pero ¿y nosotros? ¿Acaso no somos el reflejo de la ciudadanía? Repudiamos la corrupción a gran escala, ¿pero y los amigos y familiares que la amparan o callan? ¿Nos preocuparía de dónde emana el puestazo de tal o cual administración si el ocupante fuera nuestro hijo, sobrino, hermano…? ¿Qué grado de responsabilidad tenemos cuando emulamos en nuestra economía, modo de vida y ética ciertos comportamientos que luego criticamos en las ‘altas esferas’?
Tras la crisis, la población clamaba por un cambio. Surgió un partido nuevo y otro autonómico se ha convertido en nacional. Hablamos de segunda transición, de fin del bipartidismo, de cambio de modelo económico, de gestión de deuda. Todo parece que va a cambiar, pero como casi siempre nada cambie. Al final los unos no pierden tanto y los nuevos no ganan tanto, pareciendo complementarse entre ellos. Parece que la política cambia, se reinventa, pero ¿es así realmente? ¿Acaso no seguimos fijándonos más en cómo va vestido un candidato, lo guapo o no que es, cómo se mueve o da en cámara o lo que está dispuesto a hacer en un programa de televisión, más que en sus propuestas, en su programa electoral o en que explique con datos qué va a hacer o con quién va a pactar?
Continuamos preocupándonos por la generalidad sin ir a la raíz del asunto. ¿Educación? Sí, es la clave, pero entre 1 y 6 años según los investigadores. ¿Estado del bienestar? Bien, pero ¿cómo?, ¿por qué no se dice la realidad, los números reales, la pirámide poblacional y su inquietante proyección hacia lo insostenible? No interesa y además no lo necesitan porque nosotros mismos no lo exigimos, hipnotizados por el ruido.
Al final somos las primeras víctimas, una democracia basada en la opinión pública, la tertulia, la imagen, la sobreinformación de baja calidad, el poco análisis riguroso y la ideologización del votante sesgando totalmente sus decisiones, opiniones y análisis. Queremos un cambio pero no empezamos por cambiar nosotros mismos y finalmente acabamos sucumbiendo a unas posiciones más bien conservadoras. Igualmente contradictorio o poco riguroso suele resultar la extrapolación a problemas más allá de nuestras fronteras y globales. Es el pensamiento único de ‘nadar y guardar la ropa’, de adhesión a una ideología o pensamiento como si de un equipo de fútbol se tratara. En definitiva, la pervivencia, gracias a los perfectos aliados televisivos, radiofónicos o cibernéticos, de una ‘cueva de Platón’ en el doble sentido de sombras proyectadas en la mera superficie y el impedimento de ver la verdadera realidad bien porque no nos dejan o no queremos darnos la vuelta.
El mundo y la dialéctica histórica, bajo el manto grueso e irrompible de la pura y dura antropología y las constantes del comportamiento humano, seguirá su curso. Mientras, los dignos, los indignados y los que anhelan cambio y luchan por él seguirán siendo una brisa tapada por los vientos racheados de una élite que siempre acaba ganando y un grueso de población que acaba olvidando lo que exige porque le acaban exigiendo un poco menos. ¿El sempiterno “que todo cambie para que nada cambie”? Veremos.
Mientras, seguimos tan entretenidos frente al televisor o en Twitter con partidos corruptos a los que siguen votando millones o nuevos candidatos encantados de conocerse o que no distinguen el artículo 143 del 151. El medio sigue siendo el fin. Pero da igual, todo vale porque nosotros sostenemos este enorme vodevil y si ellos mismos no se sacan los colores de verdad será por algo.
Votar, decidir, protestar, luchar, conservar, desear, renunciar... Desde la Segunda Guerra Mundial el ciudadano se convirtió en el "rey", en el bien necesario, en el paradigma de consumidor libre. Era necesario para ir a más, producir más y las democracias occidentales proporcionaron un acomodo de aparente libertad y futuro para todos. El sueño se desvanece, pero no sólo por el abuso de las élites, que también, ni por la corrupción del poder, que también, sino por la contradicción, pasividad o aquiescencia del ciudadano, convertido en paradigma de un cuadro clínico psiquiátrico.

No vamos a rascar la superficie de los acontecimientos que marcan el devenir actual, de uniones económicas y monetarias al servicio de las grandes corporaciones y entidades bancarias, de países en quiebra en parte por apretarles tanto las tuercas, en parte por su inconsciencia. Tan culpable es el timador como el que se deja timar, porque detrás de ese timo siempre está la codicia, el ganar sin esfuerzo, el tener más e ir a más pero sin sacrificios. Jugamos con el trilero y luego le reprochamos el habernos engañado.

El sistema ha creado una red que se interconecta y retroalimenta para seguir ubicados en la caverna de Platón actual: seguimos mareados con las sombras que proyecta una realidad ajena a nosotros. Lo grave es que en el mito platoniano los que contemplaban las sombras no intuían siquiera la existencia de la realidad que había detrás; nosotros la conocemos o al menos la deducimos, y sin embargo nos mantenemos mirando hacia esas sombras. Sólo miramos de reojo la realidad y nos indignamos pero nunca nos damos la vuelta del todo, quizá porque esa realidad, aunque fuera mejor, supone un cambio tan radical que no estamos dispuestos a afrontar.

Así las cosas seguimos cabalgando en caballo desbocado, deseando asir las riendas y descabalgar al mismo tiempo. Si controlamos al caballo nos llevará o le conduciremos a donde en realidad no queremos ir y si caemos podremos malheridos emprender el camino requerido aunque duro, largo y a pie. La igualdad, justicia, progreso y dignidad que tanto reclama el ciudadano ya no parece que siquiera él mismo se lo crea, totalmente alienado por su educación y aburguesamiento, provocando la continua contradicción entre un deseo de cambio y otro de conservadurismo.

Ese era el objetivo. Esa dualidad personal se transmite en el sistema "democrático", en lo público y en lo privado, creando una maraña de contrapesos siempre beneficioso al sistema, aunque parezca que lo desestabiliza. Deseo de mejora colectiva sin menoscabo de su situación personal. Es el homo economicus con la coraza de la tecnología al servicio de ese alienamiento y sentido acrítico o pueril de la realidad. Todo ello se refleja en lo relativo de los cambios, basculando entre lo malo y lo peor, sin dejar de confiar muchos en partidos corruptos y otros sin apoyar del todo a un cambio real, sea mejor o peor el remedio que la enfermedad.

Hay que admitir de una vez que el cambio empieza por uno mismo, por su vida cotidiana, por su planificación, su coherencia en los actos y su lugar en el mundo. El ciudadano en el fondo se ha creído el centro a pesar de que se sienta desplazado y ninguneado. La respuesta a esa dualidad es sencilla: se le ha educado para eso. Era la clave para que la élite, el poder político y económico sobreviva a lo que ha de venir, sin menoscabo de sus intereses. Para ello era necesario un escenario cambiante donde parezca que el ciudadano puede decidir o cambiar de raíz las cosas. El truco está precisamente en que es así pero no lo va hacer, demostrándose cierto el experimento de dependencia, abriendo la jaula para encontrar esa libertad ansiada pero quedándose finalmente dentro de la jaula ante el pánico a esa misma libertad.

El tiempo como siempre dirá quién venció. Pero en esta lucha no hay medias tintas y se necesita coraje y coherencia, sin abrazar el pesebrismo de unos o la revolución sinsentido y confrontadora de otros, porque eso es lo que se busca siempre y se consigue: la división, la confrontación ideológica absurda apoyada en referentes personalistas que son los primeros que no creen en ello, mero instrumento para conseguir lo que cualquier manual de politología apunta: el poder.

Al igual que una familia no decide por consenso qué hacer con un familiar enfermo, sino que lo decide el médico o el cirujano, el ciudadano no puede tener la responsabilidad de decidir por lo más trascendental, no porque no pueda o deba, sino porque él mismo con sus actos individuales y cotidianos demuestra ni siquiera quererlo en el fondo. Es la esencia misma del ciudadano desquiciado, del querer y no poder y del poder pero no querer.

El desquiciamiento viene de esa dualidad, de dos opciones, de escoger una u otra cuando la clave es coger lo bueno de una y lo bueno de otra. El problema es que no dejan o más bien fomentan el creer que no dejan, continuando con efectividad la caverna platónica. Siempre elegir, siempre contra algo, siempre decidir mal. Pero da igual, porque nunca se decide de verdad.

Cuando dejemos de mirar las sombras y darnos la vuelta; cuando veamos la realidad; cuando analicemos con objetividad y no con confrontación como nos enseñan a hacer; cuando hagamos eso, entonces sí podrá haber un cambio, sí podrá crearse una sociedad medianamente civilizada y justa.

Es indudable el daño que ha hecho el sistema de ir a más, el de tener más, el de participar pero sin mojarse, el de los abusos políticos y económicos, el de la corrupción, pero no olvidemos que todo ello lo realizan seres humanos como nosotros, que el mal mayor es provocado por males menores provocados por nosotros mismos; que bajo ciertas corrupciones hay por detrás familias, amigos o nosotros mismos que vemos, obviamos y aceptamos hechos menores que alimentan los mayores. Que todo está interconectado.

Quizá en el fondo el ciudadano no esté tan desquiciado, sino más bien frustrado y perdido. Porque sabe que la historia y el desarrollo no se para y lo único que le queda tras conseguir su mayor o menor acomodamiento en el mal llamado estado del bienestar es protestar por esa pérdida pero sin cambiar uno mismo, al margen de que paguen los mayores causantes de tal decadencia. Pero esa decadencia, como ocurrió en Roma, fue fruto de todas las capas de la sociedad. Quizá en el fondo sabe que la tecnología va a revolucionar todo, que aunque viviéramos en un mundo más igualitario y justo no cambiaría el hecho de que lo de antes ya no va a valer. Quizá sepan, sepamos, deberíamos saber, que el camino a tomar sería duro durante un tiempo pero fructífero al final. Pero el ser humano no tiene paciencia, porque quiere más con menos, porque quiere algo ya y porque el tiempo se nos escapa entre las manos. Quizá por eso estamos donde estamos, nos han colocado donde estamos pero nosotros hemos contribuido a ello.

Sólo queda cambiar, evolucionar, pero de verdad, dejándose de enfrentamientos ideológicos. Sólo así se cambiaría de verdad a la élite. No obstante por algo lo son, y siempre, siempre, tienen un plan B... y nosotros siempre picamos. Puñeteros trileros...
“Las coherencias tontas son la obsesión de las mentes ruines.”  (Ralph W. Emerson)


En 1801 Thomas Young realizó un experimento crucial que posteriormente constituyó el pilar básico de la mecánica cuántica: la dualidad onda-corpúsculo, o lo que es lo mismo, la "mágica" capacidad de un partícula para comportarse como onda y como partícula. Para comprobarlo lanzaron electrones sobre una pantalla interponiendo otra con dos rendijas. Resultado: colisionaban como partículas pero sólo en las zonas en las que lo harían como ondas. Resumiendo: en realidad no son ondas ni son partículas sino que se comportan en función de la observación.

La cuántica rige lo más pequeño, los pilares de la materia, pero se puede aplicar al comportamiento humano, más aún en nuestros días: el psicoanalista Darian Leader afirma que la nueva gran dolencia psiquiátrica de nuestro tiempo es la bipolaridad. Como bien apunta, es la nueva excusa para nuevos fármacos y nuevas terapias. Efectivamente, está de moda digamos ser bipolar o parecerlo, unos para intentar comprender las continuas contrariedades y otros para aprovecharse de ellas. Hablamos de política, economía, flujos migratorios, países, ideologías, sistemas educativos, sanitarios..., de todo, y nos posicionamos en una postura inamovible mientras quede bien con nuestra "ideología" e idiosincrasia, con nuestro entorno, por otro lado definido por un pasado y una educación concretas, es decir, adquirido y no como algo infuso. Se puede ser onda y partícula. Todo es verdad, es decir, todo puede ser mentira.
                              
El ser humano desde tiempo inmemorial navega siempre entre el idealismo y la practicidad, entre la justicia y su beneficio personal, entre la denuncia y la protección de los suyos y de lo suyo. Es dual, onda o partícula según convenga. Nosotros, observadores, también le veremos en uno u otro estado según nuestras creencias, traumas, valores, ética, moral, entorno, pasado, experiencias... Es fácil ser Quijote, lo difícil es ser Sancho y seguirlo, desear lo que él desea pero darse cuenta de la realidad. 

Asistimos a la enésima repetición del eterno bucle de lo histórico, lo ideológico, de la idea del "cambio". Todos saben lo que hay que hacer y se comportan de manera previsible: partidos, líderes, ciudadanía, tertuliano, periodista, indignado, corrupto, cura o charcutero. Somos idealistas rodeados de miles de personas o en el bar. Somos prácticos al llegar a casa, cuando nadie nos ve y debemos velar por nuestros intereses, sea de manera honrada o no, sea un anarquista o un ejecutivo. Buscamos el cambio pero en vez de ponernos a ello, empezando por cada uno, seguimos a pies juntillas la programación de un gobierno, un partido, una revolución, un plan en definitiva, arropado por la nunca bien ponderada PNL o programación neurolingüística. Lo podría resumir así: la democracia sirve para elegir a lo que crees tú que quieres y el capitalismo para comprar lo que crees que necesitas. Nos posicionamos a un lado y ya dará igual el origen, propósito y consecuencias. Maquiavelo lo sabía muy bien.

Pero pongamos ejemplos concretos de la dualidad onda-partícula, de la bipolaridad que puede generar, de cómo ambas son ciertas dependiendo del "obsevador":

Onda: la victoria de Podemos es necesaria para regenera un sistema caduco y corrupto gestado en la Transición y que ha traído estos lodos. Da igual cómo se ha gestado, sus intenciones o consecuencias. Peor que esto no será y traerán medidas necesarias, aunque las utópicas al final no se puedan llevar a cabo como se demostrará con Grecia. Además es una obra maestra de cómo en unos meses se puede gestar la opción al poder utilizando el 'manual': mensajes, uso de medios, estrategia política, logística de partido...
Partícula: Podemos ha llevado a cabo un plan desde el mamoneo universitario para alcanzar el poder. Siempre conlleva la contradicción en si misma: se caen en los errores que se denuncia (no hace falta citar casos), se aparenta consenso pero la fácil manipulación de la masa hace que al final se logre lo contrario, el objetivo: un líder indiscutible y una jerarquía y modos casi sectarios (como en todos partidos, vaya). 

Onda: Montoro está usando su ministerio para perseguir a ciudadanos incumpliendo normas de privacidad. ¿Por qué no hace lo mismo con los suyos o con las grandes fortunas y les amenaza igual?
Partícula: las irregularidades son un hecho y la incoherencia es absoluta aunque es el enésimo caso donde discurso y hechos no casan, donde supuestamente rechazas un sistema y prebendas que luego usas como el que más. 

Onda: Grecia ha estado años falseando cuentas y los ciudadanos siguieron votando a aquellos que las falseaban. El 40% de su economía es sumergida y si pides un préstamo se devuelve, sobre todo teniendo en cuenta al plazo que tienen (hasta 30 años) y gran parte de él al 0%. Los griegos han votado por la insumisión y resistencia frente a Europa pero a la vez sacan sus ahorros por miedo a las consecuencias de las medidas que ellos mismos han votado. Tanto Grecia como España, Portugal, Italia e Irlanda han vivido por encima de sus posibilidades y su nivel de productividad e idiosincrasia (actitud ante el trabajo, la economía sumergida, la corrupción) son por decirlo suavemente distintas a Alemania, Dinamarca, Austria, Noruega o Suecia. 
Partícula: a Grecia y el resto de países citados permitieron eso pero la UE sólo aprovechó la crisis para cercenar la clase media y aplicar políticas restrictivas mientras los de siempre han salido impunes y se han forrado aún más. Se ha demostrado que las políticas expansivas son las que sacan a un país de una crisis. La deuda jamás se podrá devolver, es un hecho, así que lo más justo es crear leyes más ecuánimes y fomentar el crecimiento en vez de aumentar la brecha norte-sur de Europa.

Y así podríamos seguir con lo más actual como el pequeño Nicolás, la lista Falciani, etc., etc. La realidad es que la realidad es una con varias vertientes, y que cada una de ellas la convertimos en mentira según nuestros anhelos o intereses, nuestras ideas o esperanzas. Cuando por fin nos dejemos de entretener en debates espúreos y nos pongamos por fin de acuerdo en un sistema lógico y eficaz ajeno a "estar con alguien o contra alguien", cambiarán las cosas de verdad, como ocurre en los países más desarrollados y civilizados, donde la cuestión política es menor y prima la eficacia, sea de la "ideología" que sea.

Por otro lado, aquellos que se indignan quizá se echen las manos a la cabeza si se cumplen las previsiones geopolíticas y demográficas (África posee más millones de personas menores de 25 años preparados para trabajar y consumir que India y China juntas, por cierto, éste último el mayor inversor allí). Europa creció, esquilmó y ahora les toca a otros, sea justo o no. Condenamos hechos y derivas con las que luego convivimos año tras año, sean maltratos, injusticias, abusos o carencias. Queremos la solución sin analizar el problema, sin reflexionar ni usar el sentido crítico y lógico que requiere toda incertidumbre y reto.

Dejemos ya los partidismos y las ideologías y cojamos lo mejor, lo que funciona, sea venezolano, alemán, americano, japonés o sueco. Por supuesto que cultural, económica y tecnológicamente EE.UU. y Europa siguen siendo el referente y modelo a seguir por ser 'lo mejor entre lo peor' pero es hora de otra forma de gobierno y de pensar, y mientras sigamos pensando y siendo igual de sectarios y contradictorios nos seguirán gobernando los mismos: unos con corrupción e injusticia, otros con falta de derechos e inseguridad, pero ambos con vicios ocultos y luciendo virtudes envueltas en daños colaterales que siempre acabamos admitiendo e ignorando para poder seguir jugando a lo mismo. Sólo así nos daremos cuenta de que quizá el modelo más lógico en lo competitivo es el americano, o en lo social es el escandinavo, o en lo logístico es el chino, o en lo igualitario es el ecuatoriano, o en lo sanitario es el cubano. Quizá, sólo quizá, si dejamos ya de estupideces sectarias y de a ver quién es más de izquierdas o de derechas, podamos ponernos de acuerdo coger lo mejor de cada casa y que nos gobiernen los mejor preparados. Mientras sigamos jugando a lo mismo, mientras los mismos, siendo tan distintos, sigan haciendo lo mismo y nosotros reaccionando lo mismo, todo seguirá siendo lo mismo. Seamos ciudadanos de verdad, eso que tanto de reclamamos de boquilla mientras seguimos actuando cual veleta en función de expectativas, discursos y maniobras de poder, de la derecha y de la izquierda, de los de abajo y de los de arriba. 

Seguiremos leyendo a los expertos, a los que verdaderamente arriesgan, a los que de verdad sufren, a los que realmente quieren cambiar y cambiarlo, los que avanzan y no se dejan influir por el gregarismo, la ideología, el sectarismo o el absolutismo; a los científicos, investigadores, ingenieros, inventores, gestores de eficiencia, emprendedores, solidarios... El resto es ruido, demasiado ruido. De nosotros depende. 


“Ser sincero no es decir todo lo que se piensa, sino no decir nunca lo contrario de lo que se piensa.”  (André Mourois)                               
"No hay condición tan baja que no tenga esperanzas, ni ninguna tan alta que no inspire temor." Lin Yutang.

Hace unos días fui a ver una película que no puede ser más oportuna. Se llama Viva la libertad y cuenta la historia del jefe de la oposición en Italia, un hombre serio pero sin carisma, que agobiado por la vida pública y la política desaparece para reflexionar y descansar. Su jefe de gabinete debe improvisar y se encuentra con que este político tiene un hermano gemelo susceptible de sustituirle, escritor de filosofía y brillante. El problema es que también es bipolar y está en tratamiento psiquiátrico, pero no les queda otra y lo sacan al ruedo político. Lo que iba a parecer un caos se convierte en la solución y la intención de voto del partido sube como la espuma. Ambos gemelos parecen haber nacido para vivir las vida de cada uno y no la propia. El político real es feliz en su retiro y encuentro con su vida y amor pasado y el "loco" da rienda suelta a su pasión y sabiduría y a su capacidad de transmitirla para despertar al electorado del letargo...

Imagen de Viva la libertà, con Toni Servillo

Por esas mismas fechas se celebraron las elecciones al Parlamento Europeo con el resultado que todos sabéis. No ganó ningún filósofo bipolar pero sí ganó moralmente un profesor de Políticas llamado Pablo Iglesias que tiene en común con el gemelo de la película inculcar la pasión a más de un millón de ciudadanos, la esperanza de una salida, de al menos una posibilidad. Su partido, Podemos, que hace unos meses ni siquiera existía, es ahora alternativa al bipartidismo (por primera vez minoritario). En la última encuesta sobre intención de voto le colocaría como tercera fuerza política en las generales. El tiempo dirá si es un bluff o no porque, no nos engañemos, España y los españoles no se distinguen por su coherencia o continuidad. Los que le han votado no son en su mayoría perroflautas o peligrosos antisistema (tuvo muchos votos en todas las franjas e incluso en pueblos donde la mayoría son habitantes mayores de 50 años y en las antípodas de lo que sería el votante típico de un partido a la extrema de la izquierda). Esto va más allá de las ideologías y por eso, se esté de acuerdo o no con muchos o algunos de sus postulados, es un fenómeno no sólo a tener en cuenta sino a apoyarlo, no por lo que puede gobernar, sino por lo que puede destruir de una vez por todas. Yo igual, tras años sin votar, iré...

Y "casualmente", hace también unos días asistimos atónitos a la abdicación del Rey y el sospechoso aunque no sorprendente tufo a celeridad e improvisación por motivos que se me escapan. Y con ello la muy democrática y obligada sucesión. Pero son tantas cosas que es mejor ir por puntos, como el carné, y os demostraré una vez más como al final todo se oculta y relativiza para desde uno u otro bando no hacer nada o ser incoherentes:

- El Rey se va, ¿viva el Rey?: según las últimas y oportunas encuestas poco más de la mitad quieren seguir con la monarquía y el 36% votaría república. Desgraciadamente, aunque tipificado en la Constitución, no vamos a poder decidir y continuaremos con la monarquía y por tanto con una eterna transición. Será que no estamos preparados para ningún cambio. No obstante, la ceremonia parece que va a ser de lo más austera, casi clandestina en comparación con los boatos de la otra gran monarquía, del otro gran imperio que, al contrario que el español, fue y es aún: el británico. Ni siquiera va a estar el rey saliente. Vale, muy bien, coronemos a Felipe VI, pero ya que lo hacemos hagámoslo bien, como mandan los cánones y con todo ese rito tan espectacular y que "hace nación". Pues no, esto es España. Los que queremos decidir no podemos y los que les mola Felipe y les pone que Letizia consiga, siendo ex periodista, la gran exclusiva que es ser reina, tampoco quiera un derroche de medios y prefieren que sea todo rapidito y austero. Los súbditos británicos no dan crédito, los alemanes sí. Por cierto: Franco murió de viejo, Juan Carlos se va por decisión propia. Siempre queremos un cambio sólo cuando a los que exigimos ese cambio marcan paradójicamente cómo debe ser o simplemente llegan a su fin: lo hizo Franco, ahora Juan Carlos. Así somos. Monarquía hay en muchos países, sobre todo europeos, y curiosamente en los más desarrollados nórdicos (amén de paraísos fiscales como Mónaco y Luxemburgo). Allí no hay debate pero eso no significa que aquí, ni por historia ni por idiosincrasia, sea lo mejor. Ningún país de nuestras características tiene monarquía, aunque seamos -aún- el estado más antiguo de Europa.



- El fenómeno Podemos: era de cajón. Hasta el más lerdo sabía que no iban a tardar ni días en demonizarlos, sacar vídeos y fotos comprometidas, atacarlos y ridiculizarlos; que los del PPSOE, como para tantas cosas de "interés general", el suyo, iban a coincidir. Leña al mono, que nos quitan la merienda. Lo de Podemos entusiasma no por lo que ofrece sino por lo que supone. Como aideólogo que me considero no simpatizo con muchos de sus postulados (por cierto, para los ideólogos de izquierdas y de derechas, algunos de esos postulados muy cercanos o coincidentes con el partido de LePen por ejemplo), pero han sabido, con un plan que ellos mismos han reconocido, dinamitar el panorama político al menos por ahora y sentar las bases para algo nuevo. Pero hay un problema y ahí surge de nuevo, y no es por obsesión sino por lógica proposicional, el tema de lo idealista frente a lo pragmático. Y es que (o eso dicen) ya empieza a haber problemas en el ejercicio del poder interno y en el dilema entre democracia y liderazgo. Iglesias, por su formación, sabe mejor que nadie que el ejercicio del poder, a la hora de implementarlo, implica un nulo debate interno ya que para alcanzar ese poder y por tanto poder cambiar las cosas conlleva que lo que defienden de manera absoluta sea una quimera. Jamás en la historia se ha cambiado nada sin poder y sin un líder al que seguir. La gente pide democracia pero luego pide que se les lleve de la manita sin riesgos por el camino del progreso y la libertad. Se exige una cosa para el cambio pero la consecución del cambio exige no pocas veces lo contrario, ¿paradójico, no? Real. Si Podemos se enfanga en el continuo asamblearismo, será su fin. Es duro pero es así: lo que les hace diferentes y atractivos sería al final su puntilla. ¿Quienes les han votado están dispuestos a asumir lo que pueden traer? ¿Realmente queremos y asumimos lo que es un cambio de verdad? Pérez Reverte dice que el español es revolucionario de puñetazo en la barra del bar pero tras el calentón lo primero que hace es ver si le han quemado el coche. Cada uno deberá hacer su reflexión. En mi caso tengo "ventajas": no tengo familia a la que avergonzar, no tengo pareja con la que moderarme, no tengo hijos con los que debo ser conservador y egoísta, tengo amigos críticos y coherentes y no estrechos de miras con los que tengo que ser tribal y polite. Yo digo sí al cambio con todas consecuencias pero ¿y los que han votado o votarán a Podemos o cualquier otra alternativa a este sistema caduco? ¿Y los propios miembros del partido? Se verá pero si todo ello, mal o bien hecho, es para cambiar el estado de las cosas, me convence al menos en principio.

- El debate sobre democracia: lleva sobre la mesa estas semanas la gran obsesión: democracia, procesos democráticos, vías democráticas, democracia interna, democracia popular... Vi brevemente en la televisión algunos discursos prevotación sobre la sucesión a la Corona y daba vergüenza ajena: demagogos, con algunos argumentos certeros pero que perdían su valor bajo la intención partidista en que se esgrimían. Un circo de peperos con olor a naftalina, socialistas (si alguna vez lo han sido) perdidos, nacionalistas que van a lo suyo, ex terroristas e izquierdas utópicas. Veamos qué democracia tenemos: el ciudadano elige a sus representantes mediante una votación basada en una ley electoral tramposa. Dichos representantes no les elegimos directamente nosotros y además votarán siempre según la disciplina de unos partidos controlados por los poderes económicos y blindados por el aforamiento. Todo ellos bajo una constitución caduca y que se cumple cuando interesa. Y alrededor de ello la corrupta carcasa de la justicia politizada, Tribuna de Cuentas inoperante o miles de cargos públicos y asesorías innecesarias. Viva la democracia ¿o debo decir partitocracia u oligocracia?

¿Cómo cambiarlo? ¿Queremos un sistema participativo de forma absoluta? La democracia participativa es necesaria en España para romper lo establecido pero todos sabemos, aunque no nos atrevamos a decir, que la fase de hacer las cosas bien conlleva otras medidas, de la misma forma que al formar a un niño no se le deja al libre albedrío y para su futura libertad se le dirige adecuadamente bajo un sentido crítico pero disciplinario. Yo elijo mi destino si soy capaz de sostenerlo pero si no, debo ser guiado. Hacen falta medidas de democracia real pero como base para un gobierno posterior eficaz, lo demás son demagogias que ni nosotros nos creemos porque no aplicamos en nuestras vidas, para empezar. ¿Estamos dispuestos a un bien común en serio o sólo jugamos con conceptos bonitos mientras no nos salpiquen las consecuencias de ese cambio que tanto anhelábamos de boquilla? ¿Votaremos a Podemos por lo que dice o cómo lo dice pero luego seremos los más burgueses del cortijo? Quizá los que más defienden ciertas cosas son los primeros que se echarían atrás por el sacrificio que conlleva. Es fácil estar comprometido con tu puesto de profesional liberal, tu casa y tus ahorros, querer ganar más y vivir mejor con la tranquilidad de que tu ideología no corresponde con tu día a día y todo encaja para tu vida y tu imagen exterior. Al final ser liberal y practicarlo en ciertos aspectos es bueno como lucha contra un sistema que reparte como quiere, como ser comunista y practicarlo es bueno como lucha por curiosamente lo mismo. Son dos caras de la misma moneda, sabemos que es así pero el hombre vive para el posicionamiento y la tranquilidad de su burbuja social e ideológica, su inamovible pensamiento y nula evolución intelectual, la que le hace dormir plácidamente.

- Disposición final transitoria: España se enfrenta a un futuro incierto y negro o esperanzador a partes iguales. Estamos siempre en las mismas: el anhelo frente a los condicionamientos. Queremos un cambio pero sin perder o arriesgar. El cambio implica sacrificio pero nos han educado para ser dóciles o como máximo críticos pero conservadores. Miramos la historia sólo cuando y para lo que nos interesa, cuando no la manipulamos para justificarnos. Somos hijos de una revolución tecnológica y comunicativa que nos ha traído una saturación de información y provocado un paroxismo que cortocircuíta lo poco noble, ético o activo que pudiera quedar. La población está despertando pero siempre desde la barrera y la posición ideológica fija, sin escuchar al contrario y encontrar puntos en común. Los argumentos son siempre absolutos y llevan a la contradicción continua. Revolucionar un sistema no es destruir lo conseguido sino adaptarlo a las nuevas circunstancias pero con mano firme, sin demagogias ni fuego de artificio con el pasado siempre como referente o excusa. Implica cambiarlo todo de base, empezando por nosotros mismos. La quimera no es cambiar el sistema, la quimera es que cambiemos nosotros. Pero queda una esperanza: que alguien nos empuje a tirarnos y así poder empezar a nadar o a aprender a hacerlo.

Ojalá lo que se cuece llegue a algo pero mucho me temo que la condición humana se impondrá de nuevo. Educación, mentalidad, análisis lógico-crítico. Siempre lo he defendido aunque alejado de cualquier intención displicente porque soy el primero que reconozco mis contradicciones, debilidades, pero reconozcámoslo: hasta que no seamos capaces cambiar la mentalidad y dejarnos de chorradas bien pensantes no cambiará nada. Pedimos justicia pero defendemos lo indefendible por corporativismo de amistad, filiación, género, formación, consanguinidad...; queremos un cambio pero sin arriesgar nada, negamos la realidad de que la mejora conlleva medidas llamadas de izquierdas en algunos casos, liberales en otras, tecnócratas en otras y no una única vía; es estúpido pensar que somos tan dignos como individuos que no hay casos en que el bien común que reclamamos quizá no sea compatible con nuestra visión del mundo ni objetivos y que por tanto no podemos estar en misa y repicando, ser solidarios pero a mi familia que no le falte de nada, ser justos pero que a los míos ni se les toque, ser políticos cuando nos interesa y tribales cuando no...

España, como muchos otros lugares, se rompe y rasga. Lo que está ya ocurriendo y ocurrirá marcarán las próximas décadas y parece que no nos enteramos. La dialéctica histórica (desde que el hombre es hombre la historia de la Humanidad es un déjà vu continuo) sigue su curso y en nosotros está si de los rescoldos por fin construimos algo que merezca la pena o preferimos seguir en el vano intento de pretender nadar metiendo sólo el pie en el agua. Para cambiar el devenir hace falta tiempo y si estamos demasiado ocupados con nuestras vidas quizá es que realmente nuestras vidas y por ende todo lo que nos rodea nos vale. ¿Entonces?...
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