Relacionemos dos conceptos que para mí, en unas circunstancias civilizadas que no hemos alcanzado, deberían ser uña y carne, una perfecta simbiosis: libertad y tecnología, tecnología y libertad. Sin embargo, estamos lejos de tal romance, muy al contrario, sin saberlo se están engañando mutuamente. Lo que debería ser ya una unión total es aún un continuo antagonismo.
En los últimos días he podido bucear en las procelosas aguas de la tecnología, que tanto defiendo en este blog; pero en la red y fuera de ella hay que saber buscar y separar el grano de la paja. En este caso parte de esa paja lo representan ferias tecnológicas como la de Las Vegas, por citar la más reciente. Al margen del omnipresente ipad, cada día salen a la luz nuevos cachivaches futuristas para mitigar nuestra sed de consumo. La tecnología de mercadillo, el márqueting atando en corto al chip, la prostitución del silicio. Nos fascinan los avances en lo más pequeño, lo último, pero no deja de ser un espejo más pulido, eso sí, de lo que es el ladrillo o las marcas fashion. Consumismo como antídoto a la frustración, como arma de comparación social, como señal de status.
La tecnología, por tanto, debería ser el medio y no el fin. Construimos nuestro mundo con mimbres del pasado y les cubrimos de aleación tecnológica, pero no se sostiene, porque es artificioso, es débil. Debe ser la tecnología la que sea causa de nuestra libertad, porque nos proporcionen los nuevos mimbres que a la postre nos hagan más libres, libres de verdad y no la ilusoria libertad de consumista eternamente insatisfecho.
La crisis continua y continuamos repitiendo errores. Parémonos y frenemos la demanda en su más extenso significado. Seguimos sin comprender o sin querer reconocer que la libertad no nos hará libres mientras seamos estúpidos; bien al contrario, la libertad unida a la estupidez es una letal combinación que lleva a su contrario, a la esclavitud disfrazada de lucidez.
Por ahora sólo somos libres para pensar, porque la libertad que nos han dado es consecuencia de lo poco que hemos pensado. Libres para consumir: consumir palabras, consumir horas de trabajo improductivo, consumir "bienes", consumir horas, relaciones, anhelos no deseados, deseos no meditados...
Como dice Niño Becerra, catedrático de economía tan de moda en esta crisis que él predijo, lo único que se puede hacer es consumir sólo necesario, vivir con lo justo, empezar a construir un sistema económico basado en el valor añadido, en la innovación tecnológica de verdad, y no de bazar, añado. -Ni caso, lo que hay que hacer es seguir malusando la capacidad tecnológica ¿no?; así reflotaremos la economía de nuevo, pero ¿quién quiere reflotar a un titanic oxidado?-
Pero no nos alarmemos, bien al contrario: la mayoría que se creen libres porque consumen lo que quieren y se pueden permitir el último gadget verán el verdadero rostro de la libertad, el de una libertad basada en la equidad y el uso humano de la tecnología y no en la frustración social y el uso pueril de la misma.
Si queremos luchar por un verdadero grado de desarrollo social y tecnológico, uno de los pilares básicos es la relación tecnología-libertad. Pero para ello hay que sentar las bases para el buen uso de ambos factores, situarlos como se debe en la ecuación del bienestar.
La voz de Rafa se fue haciendo, progresivamente, más cálida, hasta alcanzar un tono mitinesco:
ResponderEliminar-Ahora es un problema de opciones, ¿me entiende? Hay partidos para todos y usted debe votar la opción que más le convenza. Nosotros, por ejemplo. Nosotros aspiramos a redimir al proletariado, al campesino. Mis amigos son los candidatos de una opción, la opción del pueblo, la opción de los pobres, así de fácil.
El señor Cayo le observaba con concentrada atención, como si asistiera a un espectáculo, con una chispita de perplejidad en la mirada. Dijo tímidamente:
-Pero yo no soy pobre.
Rafa se desconcertó:
-¡Ah! -dijo- entonces usted, ¿no necesita nada?
-¡Hombre!, como necesitar, mire, que pare de llover y apriete el calor.
[...]
Dani arrugó la nariz:
-¿De quién está hablando? -preguntó a Laly.
-Del señor Cayo, un viejo campesino de Cureña.
Víctor bajó la cabeza:
-Increíble, Dani. Él es como Dios, sabe hacerlo todo, así de fácil. Y ¿qué le hemos ido a ofrecer nosotros?, pregunto. Palabras, palabras y palabras... Es... es lo único que sabemos producir.
Dani volvió a sentarse. Su mano derecha tabaleaba impaciente sobre el tablero de la mesa:
-Siempre tendrá que haber dirigentes, supongo -apuntó.
Víctor alzó la cabeza:
-¿Dirigentes? y ¿para qué quiere el señor Cayo que le dirijan? Desengáñate, Dani, él no nos necesita.
[...]
Víctor propinó un rotundo puñetazo en la mesa y los teléfonos, los ceniceros, los libros y las botellas retemblaron. Dani calló. Víctor asía ahora el borde del tablero y las yemas y las uñas de sus dedos se le pusieron blancas:
- Escucha, Dani -dijo desgarradamente- tú no quieres entenderme. Ese tío sabe darse de comer, es su amo, no hay dependencia, ¿comprendes? Esa es la vida, Dani, la vida de verdad y no la nuestra -le señaló admonitoriamente con el dedo índice y prosiguió-: Tú estás sofisticado, yo estoy sofisticado, éste está sofisticado, todos estamos sofisticados. No hemos sabido entenderlos a tiempo y ahora ya no es posible. Hablamos dos lenguas distintas.
Calló y miró al vacío, detrás de Dani, a las apagadas cristaleras de las casas de enfrente. Sus ojos no tenían el brillo del alcohol sino la patética perplejidad del vidente. Al cabo de unos segundos, Carmelo carraspeó, intimidado. El ojo derecho de Dani parpadeó repetidamente:
-Digo, Laly... balbució.
-Un momento -añadió Víctor-, aún no he terminado -levantó las dos manos, pausadamente, sobre la mesa-: Una hipótesis, Dani, todo lo absurda que tú quieras, pero es una hipótesis. Imagina, por un momento, que un día los dichosos americanos aciertan con una bomba como esa de neutrones que mata pero no destruye, ¿no? Bueno, es una hipótesis, una bomba que matara a todo dios menos al señor Cayo y a mí, ¿te das cuenta? Es una hipótesis absurda, ya lo sé, pero funciona, Dani. Pues bien, si eso ocurriera, yo tendría que ir corriendo a Cureña, arrodillarme ante el señor Cayo y suplicarle que me diera de comer, ¿comprendes? -casi sollozaba-: El señor Cayo podría vivir sin Víctor, pero Víctor no podría vivir sin el señor Cayo. Entonces, ¿en virtud de qué razones le pido yo el voto a un tipo así, Dani, me lo quieres decir?
Miguel Delibes, "El disputado voto del señor Cayo". 1978.
¿Cayo es más libre que nosotros? Indudablemente sí.
ResponderEliminar¿Podríamos llegar a ser más libres que Cayo, usando y desarrollando tecnología de la manera adecuada? Probablemente sí.
¿Cual es la manera más fácil, o más corta, o más cómoda, para conseguir un mayor grado de libertad? ¿La de Cayo, o la del Doctor Chandra? No lo sé.